La ‘cieguecita’…

julio 3, 2008

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Se me olvidaba… entre mis apuntes del dolor personal iba a traspapelárseme una herida ajena. Ella era ciega. Cuando terminé de besar a todas mujeres de la mesa miré hacia la esquina y la vi. Estaba en una silla de ruedas y su cuerpo era indescriptible, un amasijo de huesos que no conocían el reposo. Me dijeron que la tenían atada porque lo destrozaba todo… muebles, sofás, cortinas. Se había criado en una cuadra. Hubo una ignorancia que en un tiempo era proclive a eso, a esconder a sus seres distintos entre los animales de labor.

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Dicen que son historias de aldeanos de la España profunda pero allí estaba, agarrando mis manos con el tacto de la piel más suave que he llegado a conocer. Una la asía con fuerza y no me dejaba ir pero con la otra me comunicaba sentimientos. Nos acariciamos. No sé hasta donde me estremecí.

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Luego Santiago Santos me dijo que así eran las manos de las monjas de clausura. A él también le había impresionado el relato. Me contaron que un día su padre la internó en ‘la residencia’ y que después de eso hubo muchos progresos. Pero luego… malditas herencias, el hombre murió y los hermanos se la llevaron porque ella había sido la beneficiaria de todo. No la querían, sólo al dinero y el retroceso fue inevitable.

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Pleitearon y ahora ‘la ciega’ al hacerse vieja ha visto aún más perturbadas sus facultades mentales: ha ido olvidando todo lo humano.

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– ¿Es una especie de alzheimer? – pregunté yo.

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Pero Leonor no supo qué decirme:

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– No, no creo. Pero con el tiempo se va deteriorando y…
– He leído que existen unos 700 síndromes distintos. La gente conocemos uno o dos , que nos suenan, el de asperger, el espectro autista, a los enfermos de down pero hay tantos desconocidos…

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Estuve a punto de confesarle: ‘Yo siempre he pensado que tengo uno’. Pero callé.

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– Fíjate – me contestó ella al terminar de escucharme-. La otra noche Mario nos contó que cuando abrió los ojos se la encontró en su habitación con el colchón a la espalda. Se lo había puesto sobre los hombros y se había ido a buscarle. Mario no daba crédito.

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– ¡Ay Dios! -dije imaginándola y viendo lo pequeña y poca cosa que era. Sus piernas finas como raíces de árbol de aliso centenario no cesaban de moverse, como si estuviera sentada y pedaleando encima de una bicicleta-. Es imposible que nunca haya sido feliz.
– Te equivocas -me rebatió Leonor sonriendo-. Ella canta y ríe.

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Era algo difícil de creer y de entender. Y me pregunté: ¿cómo ir olvidándose de lo que jamás se ha aprendido?

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