DESCRIPCIÓN DE LAS TINIEBLAS (PAULO COELHO)

julio 4, 2008

Llueve copiosamente.

No sé que hace él aquí. Lemprier. Imagino que dejarse ver por quien pueda tener interés en encontrarlo. Yo no, desde luego, aunque siempre es un privilegio observar a una prudente distancia el despliegue de sus sutiles métodos de actuación. Pero tengo una buena pregunta: ¿Con él existen las distancias prudentes?

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Taimado y con calma, como llega el cubriente manto de la noche, a su hora justa, sin más sentimiento, por compañero, que el de la crueldad, asedia a sus víctimas, hasta convencer a su conejillo de indias experimental de que ‘Ella’ podría resultar diferente. No se conforma con menos que engendrar en el ‘objeto elegido’ ese deseo, la semilla del diablo.

Pero yo sé y Lemprier sabe que no será ninguna porque entonces él perdería o tal vez estaría perdido (¿acaso no es lo mismo?); sólo les permitirá que lo crean el tiempo necesario para que su vanidad se engorde y se convierta en su trampa mortal. De la misma forma en que la bruja del cuento ceba al pequeño Hansel con la intención de comérselo. Aunque la estocada también podría presentarse antes… cuando ocurra cualquier error insalvable, o cuando la inutilidad del asunto no justifique ni el mínimo esfuerzo.

Ni en su caso me relajé con anterioridad demasiado, ni lo hago ahora.
Tampoco pienso que le tengo más miedo del que debo. Precaución.
No lo infravaloro, eso sí. No se me ocurriría porque estimo mi vida.

Lo que no conseguirá ni por las malas, ni por las peores… será que me rinda ante él… antes, el salto al abismo contra la piedra… porque no creo en sus excepciones, sólo en las mías. Y éstas no me consienten arrodillarme por más tiempo del que es necesario para lograr una buena eyaculación. Digamos que la felación justifica los medios pero yo me llamo sólo como quiero llamarme.

Fue a Lemprier a quien le escuché hablar por primera vez de las tinieblas. Un día mencionó una ‘Luz’ que tenía el poder de conjurarlas.

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Descripción de las Tinieblas

‘Había una nota encima de la mesa del café. <<Te amo. Volveré pronto.>>. Debajo, ella había puesto la fecha completa: <<25 de mayo de 1974>>.

Gracioso. Poner la fecha en una nota de amor.

… El que cantase aquella canción estaría invocando las fuerzas de las Tinieblas. Y todos la cantaban…

… Oscuro. La oscuridad aumentaba cada vez más, parecía una nube cenicienta a su alrededor. Sintió, de nuevo, el vértigo. Sí, tenía que ser algo que había comido, <<o tal vez un efecto retardado del ácido>>, pensó. Pero no tomaba LSD hacía casi cinco años. Los efectos retardados habían desaparecido en los seis primeros meses, y nunca más habían vuelto.

Tenía miedo, necesitaba salir

Abrió la puerta, el vértigo iba y venía, y podía pasarlo mal en la calle. Era arriesgado salir, mejor quedarse en casa y esperar. Tenía aquella nota encima de la mesa, dentro de un rato ella estaría en casa, podía esperar. Saldrían juntos hasta la farmacia, o a un médico, aunque detestase a los médicos. No podía ser nada grave. Nadie tiene un ataque al corazón con veintiséis años.Nadie.

Se sentó en el sofá. Necesitaba distraerse, no debía pensar en ella, o el tiempo

tardaría más en pasar. Intentó leer el periódico pero el vértigo, el atontamiento, iba y venía, cada vez con más fuerza. Algo lo estaba empujando hacia un agujero negro que parecía formarse en medio de la sala. Comenzó a oír ruidos, risas, voces, cosas rompiéndose. Nunca le había ocurrido aquello, ¡nunca!. Siempre que tomaba algo sabía que estaba drogado, que era una alucinación y que pasaría con el tiempo. Pero aquello, ¡aquello era terriblemente real!.

No, no podía ser real. La realidad eran las alfombras, la cortina, el estante, la mesa de café, todavía con restos de pan. Hizo un esfuerzo por concentrarse en el escenario a su alrededor, pero la sensación de agujero negro delante de él, las voces, las risas, todo continuaba.

Definitivamente no estaba ocurriendo nada de aquello. Había practicado magia durante seis años. Había practicado todos los rituales. Sabía que todo era sugestión, un efecto psicológico, todo era fruto de la imaginación, nada más.

El pánico aumentaba, el vértigo era más fuerte, lo empujaba fuera del cuerpo, hacia un mundo oscuro, hacia aquellas risas, aquellas voces, aquellos ruidos, ¡reales!

<<No puedo tener miedo. El miedo hace que vuelva.>>

Intentó controlarse, fue hasta el lavabo y se lavó la cara. Se sintió mejor, la sensación parecía haber acabado. Se puso las zapatillas y procuró olvidarlo todo. Jugó con la idea de contarle a su socio que había entrado en trance, que había tenido un contacto con los demonios.

Y fue pensar en eso, y el vértigo volvió, más fuerte.

<<Volveré pronto>>, decía la nota, ¡y ella no llegaba!.

<<Nunca he tenido resultados concretos en el plano astral>>. Nunca había visto nada. Ni ángeles, ni demonios, ni espíritus de los muertos…

… El teléfono comenzó a sonar. Podía ser su novia. Pero si había escrito <<volveré pronto>>, ¿para qué telefonear?

A no ser que hubiese ocurrido algo.

Por eso ella no llegaba. El vértigo ahora volvía a intervalos menores, y todo se quedaba negro de repente. Sabía, algo se lo decía, que no podía dejar que aquella sensación se apoderase de él. Algo terrible podía ocurrir, tal vez entrase allí, en aquella oscuridad, y no saliera nunca más. Tenía que mantener el control a cualquier precio, tenía que ocupar su mente, o aquello lo dominaría.

El teléfono. Se concentró en el teléfono. Hablar, conversar, distraer el pensamiento, llevarlo lejos de aquella oscuridad, aquel teléfono era un milagro, una salida. Lo sabía.

Sabía, de alguna manera, que no se podía entregar. Tenía que atender el teléfono.

– ¿Sí?

Era una voz de mujer. Pero no era su novia, era Argéles.

– ¿Paulo?

Él se quedó callado

– Paulo, ¿me oyes?. ¡Necesito que vengas aquí a mi casa!. ¡Está ocurriendo algo extraño!

– ¿Qué ocurre?

– ¡Ya sabes, Paulo!. ¡Explícamelo, por el amor de Dios!.

Colgó antes de oír lo que no quería. No era un efecto retardado de droga. No era un síntoma de locura. No era un ataque cardíaco. Era real. Argéles participaba en rituales, y <<aquello>>, también le estaba sucediendo a ella.

Le entró pánico. Se quedó algunos minutos sin pensar, y la oscuridad se fue apoderando de él, llegando cada vez más cerca, haciendo que pisase la orilla del lago de la muerte.

Iba a morir, por todo lo que había hecho sin creer, por tanta gente involucrada sin saberlo, por tanto mal extendido bajo la forma de bien. ¡Moriría, y las Tinieblas existían, porque se manifestaban ahora, ante sus ojos, mostrando que las cosas acaban funcionando un día, cobrando su precio por el tiempo en que fueron usadas, y él tenía que pagar, porque no había querido saber el precio antes, pensó que era gratis, que todo era mentira o sugestión de la mente!.

Los años en el colegio jesuita volvieron, y él pidió fuerzas para llegar  hasta una iglesia, pedir perdón, pedir al menos que Dios salvase su alma. Tenía que conseguirlo. Siempre que mantenía su mente ocupada, conseguía dominar un poco el vértigo. Necesitaba tiempo suficiente para ir hasta la iglesia… ¡Qué idea tan ridícula!

Miró el estante. Decidió saber cuántos discos tenía, ¡a fin de cuentas, siempre había retrasado esa tarea!. Si, era algo muy importante saber el número exacto de sus discos, y comenzó a contar: uno, dos, tres… ¡podía!

Podía controlar el vértigo, el agujero negro que lo arrastraba. Contó todos los discos, y los recontó para comprobar que había contado bien. Ahora los libros…

Estaba contando la cubertería de la casa cuando la llave giró la puerta. Ella llegaba, por fin. Pero no podía distraerse, no podía siquiera hablar sobre lo que estaba ocurriendo; en algún momento aquello pararía. Estaba seguro.

Ella fue directamente a la cocina y lo abrazó, llorando.

– Socorro… hay algo raro. Tú sabes lo que es, ¡ayúdame!.

Él no quería perder la cuenta de la cubertería, era su salvación. Mantener la mente ocupada. Mejor que ella no hubiese llegado, no lo estaba ayudando nada. Y pensaba como Argéles, que él lo sabía todo, que sabía como detener aquello.

– ¡Mantén la mente ocupada! -gritó, como si estuviese poseído-. ¡Cuenta cuántos discos tienes!. ¡Y cuántos libros!

Ella lo miró sin entender nada. Y cómo un robot caminó en dirección al estante

Pero no consiguió llegar hasta allí. De repente, se tiró al suelo.

– Quiero a mi madre… -repetía en voz baja-. Quiero a mi madre…

Él también quería a la suya… Intentó seguir con la cuenta de la cubertería, pero ella estaba allí, llorando como una niña, arrancándose sus propios cabellos

Aquello era demasiado. Él era el responsable  de lo que estaba ocurriendo, porque la amaba, y le había enseñado los rituales, garantizándole que iba a conseguir lo que quería, que las cosas mejoraran cada día (¡aunque ni por un momento creyese lo que decía!). Ahora ella estaba allí, pidiendo ayuda, confiando en él, y él no sabía qué hacer.

Por un instante pensó en dar otra orden, pero ya había olvidado cuántos cubiertos poseía, y el agujero negro apareció de nuevo con fuerza

– Ayúdame -dijo-. Yo no sé.

Y comenzó a llorar.

Lloraba de miedo, como cuando era niño

Quería a sus padres, como ella. Estaba sudando de frío, y tenía la certeza de que iba a morir. La cogió de la mano, las manos de ella también estaban frías, aunque la ropa estuviese empapada de sudor. Fue hasta el baño para lavarse la cara, eso era lo que hacían cuando el efecto de la droga era muy fuerte. Funcionaba también con <<aquello>>, ya lo había experimentado. El pasillo parecía inmenso, la sensación ahora era más fuerte, ya no contaba discos, ni libros, ni lápices, ni cubiertos. Ya no tenía como escapar

<<Agua corriente>>.

El pensamiento venía de otra esquina de su cabeza, un lugar en el que la oscuridad parecía no penetrar. ¡Agua corriente!. ¡Sí, existía el poder de las tinieblas, el delirio, la locura, pero existían también otras cosas!.

– Agua corriente – le dijo a ella, mientras se lavaban la cara-. El agua corriente aleja el mal

Ella notó seguridad en la voz de él. Él sabía, lo sabía todo. Iba a salvarla.

Él abrió la ducha, y ambos entraron, con ropa, documentos, dinero. El agua fría mojó sus cuerpos y, por primera vez desde que se había despertado, sintió un cierto alivio. El vértigo había desaparecido. Permanecieron una, dos, tres horas bajo el agua, sin hablar, temblando de frío y de miedo. Salió de la ducha sólo una vez, con el fin de telefonear a Argéles y decirle que hiciese lo mismo. El vértigo volvió, y tuvo que regresar corriendo al agua. Allí todo parecía en calma, pero  necesitaba desesperadamente entender lo que ocurría.

– Yo nunca he creído -dijo

Ella lo miró sin entender. Hace dos años eran hippies sin un duro, y ahora su música se escuchaba del norte al sur del país. Estaba en la cima del éxito, aunque pocas personas supiesen su nombre, y decía que todo aquello era fruto de los rituales, de los estudios ocultos, del poder de la magia.

– Nunca he creído -continuó-. ¡O no me habría arriesgado por estos caminos!. ¡Jamás me habría arriesgado ni dejaría que te arriesgaras!.

– ¡Haz algo, por el amor de Dios! -imploró ella-. ¡No podemos quedarnos aquí para siempre!

Salió una vez más de la ducha, de nuevo experimentó el atontamiento, el agujero negro. Fue hasta el estante, y volvió con una Biblia…

– Vamos a rezarle a Dios -pidió. Se sentía ridículo, desmoralizado ante la mujer que había intentado impresionar durante todos aquellos años. Era débil, iba a morir, tenía que humillarse, pedir perdón. Lo más importante ahora era salvar su alma. Al final, todo era verdad….

Comenzó a sentirse extrañamente tranquilo. Si existía el mal terrible que experimentaban, entonces era verdad que el reino de los cielos también existía, y, con él, todo lo demás que había aprendido y negado durante toda su vida.

– Existe la vida eterna -dijo, sabiendo que ella jamás volvería a creer en sus palabras-. No me importa morir. Tú tampoco puedes tener miedo.

… Él dirigió el rostro hacia arriba, y el ruido del agua en sus oídos parecía un trueno. Ya no lloraba, ni tenía miedo; simplemente pagaba el precio de su osadía.

– Señor, yo creo, ayuda a mi incredulidad -repitió-. Queremos hacer un intercambio. Ofrecemos cualquier cosa, absolutamente cualquier cosa, por la salvación de nuestras almas. Ofrecemos nuestras vidas, o todo lo que tenemos. Acéptalo, Señor.

Ella lo miraba con desprecio. El hombre al que tanto admiraba. El poderoso, el misterioso, el valiente hombre que tanto admiraba, que había convencido a tanta gente sobre la Sociedad Alternativa, que predicaba en un mundo en el que todo estaba permitido, en el que los fuertes dominaban a los débiles. Aquel hombre estaba allí, llorando, llamando a su madre, rezando como un niño, y diciendo que siempre había tenido mucho coraje, porque no creía en nada.

Él se volvió hacia ella, Le dijo que ambos tenían que mirar hacia arriba y hacer el intercambio. Ella lo hizo. Había perdido a su pareja, su fe y su esperanza. No tenía nada más que perder.

Entonces él colocó la mano en el grifo y lentamente comenzó a cerrarlo. Ahora podían morir, Dios los había perdonado.

El chorro de agua se transformó en gotas y después hubo un completo silencio. Ambos, empapados hasta los huesos, se miraban. El vértigo, el agujero negro, las risas y los ruidos, todo había desaparecido. (Pág. 127)

‘Las Valquirias’

Pablo Coelho

One Response to “DESCRIPCIÓN DE LAS TINIEBLAS (PAULO COELHO)”

  1. renren Says:

    Hay varias descripciones de tiempos antiguos por la piedra de poder y él sobre cada uno del las piedras de poder Se describen varios efectos y se han pasado.

    – En shui del feng, cristal se ha tratado como una piedra importante (piedra de poder).

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