LA LEYENDA DEL SANTO BEBEDOR…

julio 4, 2008

De todo se aprende…

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Yo creía que iba a encontrarme un libro que me desvelaría el sentido de la casualidad y lo que no esperaba era por un libro que me desvelase el sentido de mi destino, el rumbo que un día podría acabar tomando mi vida.

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Lemprier me dijo que era una pequeña joya de la literatura y lo compré por eso. Confiaba en su criterio a pesar de saber sin duda alguna que él era un hombre absolutamente inconfiable. El peor tipo de hombre al que se podría conocer. Un hombre incognoscible. No mentía eso sí, cuando declaraba que era un individuo amoral y mentía todo el tiempo. No necesariamente o innecesariamente… pero en el fondo no mentía porque puede que las mentiras no existan; al menos no en la realidad. Con esa ventaja jugaba, con ese conocimiento… La mentira es un ser inventado, un ser fantástico, imaginado, imaginario… como un personaje de ficción literaria, ¿a quién haría daño?

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‘La leyenda del Santo Bebedor’ no me mostró un camino de milagros… pero aún es pronto para dictaminar el alcance certero de su enseñanza. Es curioso pero desde que cayó en mis manos, no ha dejado de dar sus frutos. Creo que logró mantenerme alerta cuando comencé de nuevo a beber… Mi relación con S. O’Toño parecía reconducirme por esa antigua vereda abandonada. Tengo una personalidad muy adictiva y me gusta el calor del vino.

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One Response to “LA LEYENDA DEL SANTO BEBEDOR…”

  1. ARTÍCULO Says:

    De un artículo de José Antonio Ullate

    «Un atardecer de la primavera de 1934, un caballero de edad madura descendía por las escalinatas de piedra que, desde uno de los puentes del Sena, conducen a la orilla», así comienza la narración.

    Un pobre, Andreas Kartak, se encuentra con este personaje, «el caballero bien trajeado», que le ofrece prestarle el dinero que necesite. El caballero le ofrece diez veces más de lo que Andreas considera que necesita y esto casi ofende al mendigo: «No puedo aceptar el dinero que me ofrece, y ello por varias razones: en primer lugar porque no tengo el placer de conocerle; en segundo lugar porque no sé cómo ni cuándo podría devolvérselo; y, en tercer lugar, porque usted tampoco tiene la posibilidad de reclamármelo, al carecer yo de domicilio fijo».

    El mendigo se comporta con una mezcla de dignidad y de soberbia: no concibe la salvación gratuita, necesita salir del paso, que le echen una mano, no una limosna : «A pesar de todo soy un hombre de honor». El caballero insiste sin hacer caso a las objeciones: «…tenga la amabilidad de aceptar los doscientos francos… En lo referente a la restitución… resulta que me he convertido al cristianismo después de haber leído la historia de la pequeña santa Teresa de Lisieux… Así que, tan pronto tenga reunidos los doscientos francos y su conciencia le obligue a zanjar esta ridícula deuda, diríjase por favor a Sainte Marie des Batignolles [la capilla donde se da culto a una imagen de Santa Teresita del Niño Jesús a la que el misterioso caballero tiene especial devoción. Le insistirá a Andreas: “No lo olvide, tiene que ser a la de Sainte Marie de Batignolles”] y entregue la suma en manos del sacerdote cuando éste termine de oficiar la Misa. Suponiendo que adeuda usted el dinero, se lo debe a Santa Teresita».
    En esos términos, el mendigo Andreas sí acepta el dinero: «Veo que usted ha comprendido que soy una persona de honor. Le prometo que cumpliré mi palabra».

    El pobre borracho no sabe lo que dice. No sabe hasta qué punto es imposible cumplir su palabra. La historia del Santo bebedor es el caminito particular de Andreas que lucha con su mezquindad, su pequeñez, para cumplir su promesa a la pequeña Santa de Lisieux. Comienza por fundir todo el dinero y, claro, no tiene cómo restituir su deuda. Sin embargo, cada vez que pierde la suma, portentosamente, de forma que él no comprende, se restituye.

    Entonces resuelve cancelar la deuda, pero en el trayecto hacia el lugar de pago, le asaltan siempre los lazos de su endeblez: mujeres, vino, ajenjo, amigos, comidas opíparas. No entiende cómo si él quería satisfacer su compromiso siempre sucede algo que lo impide. Ni tampoco comprende cómo, cuando se lamenta por su mala cabeza, siempre se le abre una milagrosa oportunidad de estar a la altura de la amistad con «Teresita» (siempre le aparecen 200 francos de las maneras más rocambolescas). De esta forma comienza a saber que hay una mano que le protege (y no por eso deja de querer, golfo, cumplir su promesa: quiere lo que sabe que no puede hacer y, además, lo espera). Una misericordia que le descansa y le apremia a la vez.

    Al final, al pobre Andreas, cuando está a punto de cumplir con su obligación, cuando está cerca de la capilla, su amigo Woitech le tienta: «Tienes tiempo hasta que termine la misa… mientras beberemos algo». Andreas responde: «Claro, como quieras». Había vuelto a caer, a dos pasos de la meta: «Sentía una gran pena en el alma y una gran debilidad en la cabeza».

    Ya borracho, se fija en una hermosa joven que se ha sentado en la barra del bar. Se llama Teresa y Andreas, lúcido como un profeta ebrio, distingue a la auténtica Teresita: «He aquí tu delicadeza, que yo sé apreciar tan bien. Hace tiempo que te adeudo doscientos francos, pero no me ha sido posible devolvértelos, santa jovencita». Después, Andreas se desploma borracho como una cuba.

    «Como quiera que allí cerca no había médico ni farmacia, lo llevaron a la capilla, concretamente a la sacristía, porque al fin y al cabo los curas entienden algo de los moribundos y de la muerte, según creían, a pesar de todo, los descreídos camareros… Andreas ya no era capaz de hablar. Tan sólo hizo un gesto como si quisiese introducir la mano en el bolsillo interior de la chaqueta, donde guardaba el dinero que debía a su pequeña acreedora, y murmuró: “¡Señorita Teresa…!”. Así exhaló su último suspiro y murió».

    Dios había encontrado el camino para no desaprovechar los esfuerzos de Andreas, que él siempre malgastaba. Estaba obligado a acudir a satisfacer su deuda a la capilla de Nuestra Señora de Batignolles, ante los pies de Teresita. Dios puso en su mano siempre más de lo que adeudaba y, al final, en un delirio de amor, permitió que Teresita fuera a su búsqueda y que la paz llegara a su ebrio corazón. Esta historia de ternura de Dios hacia un hombre leal y débil que descubre la confianza en medio de su fragilidad termina así: «Denos Dios, a todos nosotros, bebedores, tan liviana y hermosa muerte».

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