La tristeza que es la mente. Los malos pensamientos cuando nos torturan…

julio 4, 2008

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Cuando Santos se fue. Salí tras él a hablar unos segundos con Guernika. ¿Habría alterado sus intenciones? Pero me dijo que lo que estábamos esperando era a que Teresita se fuera. Al parecer iba a salir a tomarse un café con Kenia. ¿Pero cómo lo sabía él? Me imaginé que le había pedido a Sorel que nos la quitase de encima. ¿Pero eso de qué servía? Era mucho peor. Si Sorel sabía lo nuestro, Teresita terminaría también por saberlo, aunque a esas alturas hasta eso ya había dejado de importarme.

Cuando Teresita y Kenia pasaron por delante de mí, Kenia me dedicó un saludo profuso que dejaba traslucir sus pensamientos. A lo mejor era cosa mía pero tuve la sensación de que las dos habían comentado lo que ocurría y Kenia, a su manera, se alegraba por mí. Kenia en ese sentido es como yo: no creo que le desee mal a nadie y se limita a vivir para sí, haciendo por los demás, de corazón, todo lo bueno que puede. Además cuando yo me decidí a romper relaciones con aquel entorno casi al completo, a ella la respeté y continuamos charlando de vez en cuando.

Por cierto, hasta ese lunes Santos había obviado los cambios en mi relación con Teresita pero esa misma tarde me había preguntado:

– No saludaste a Teresa. ¿Es que no te hablas con ella?

– No. No desde que regresamos a la actividad, después de las vacaciones. Y además tú fuiste testigo… me refería al día en que le devolví las velas que me había regalado (unas con mariposas que me compró para mi santo). Se las entregué delante de él.

– ¿Fue después de las vacaciones de Navidad?

– No. Fue a últimos de septiembre pero cómo tú hasta hoy no has observado nada … pues tampoco sentí que tuviera que comentarte nada. Y si tú no me lo hubieras preguntado hoy, yo habría seguido sin decírtelo.

Nada mas se fueron Teresita y Kenia, Guernika me miró y descendió por las escaleras dispuesto a esperarme. Y Sorel tras él, como siguiendo un impulso o un plan previsto, se levantó de la silla y se puso a mirar ”distraídamente” por la ventana. Aquí también imaginé que eso formaba parte de la labor de Guernika. Lo más seguro que conociéndome le hubiese pedido a su amigo que no me hiciera sentir vigilada. <<Perfecto>>. Mucho mejor si había sido así… pensando hasta en el más mínimo detalle.

– Tengo que estar pensando en todo – me dijo él luego confirmando con esa aclaración mis propios pensamientos.

Pero lo qué es la mente. La tristeza que es la mente. Los malos pensamientos cuándo nos torturan… Descendí apurada aquellas escaleras con una idea fija: <<¿y si todo es una puesta?>>. Y si Guernika le ha apostado a Sorel que volverás a comer de su mano como un perro cuando él quiera, a arrodillarte a sus pies y a ‘chupársela’. Todavía recuerdo la cara con la que Sorel me había insinuado aquello en marzo del año pasado. Fue cuando el dentista me asustó con la historia de que en cuestión de pocos años podría perder mis dientes. Y Sorel me dijo con un gesto que aún hoy me parece de una lascivia insostenible:

– Da igual que te quedes sin dientes. Puedes seguir chupando… ¿no es eso lo que te gusta?

Había bastado ese comentario para darme cuenta de cuál era la bajeza de la situación real en la que había caído y luego lo que me contó Teresita: Guernika avisaba a Sorel cuando contaba marcharse conmigo. Disfrutaba poniéndole los dientes largos.

Y sinceramente, me daba miedo ser solamente eso. Pero cuándo él me abrazó con fuerza me olvidé de cualquier rastro de duda que me siguiera los pasos.

El lunes fue maravilloso. Lo que sucedió entre nosotros lo fue; no puedo calificarlo de ninguna otra manera. Recuerdo que reíamos y éramos felices. Y que me ofreció que nos fuéramos de allí si no me sentía cómoda. Pero no quise porque después de todo y por fín, allí, sí podíamos desnudarnos juntos. Y no existe nada, pero nada, ¿me escuchas?, que me guste más en esta vida que sentir mi piel y mi cuerpo desnudo crepitando sobre la desnudez palpitante del suyo. Me volvió tan loca que estuve a punto de confesarle que me había enamorado de él. S. O’Toño, uno de los últimos días que le vi, me había acusado de ello. Me dijo: <<A ti lo que te ocurre es que estás enamorada de ese hombre>>.

– ¡No! -exclamé yo. No es cierto. Lo que sucede es que le he querido mucho y por eso, aunque quisiera… no le puedo dejar de querer. Le voy a querer para siempre pero en absoluto estoy enamorada de él. ¡Qué tontería! ¿De dónde has sacado esa idea tan absurda?

Pero no era ninguna idea absurda. Era la verdad, sólo eso. Y por eso todos estos años he vivido con el lujo prestado de sentirme invulnerable ante cualquier tipo de relación y casi ante cualquier hombre. <<Yo quiero enamorarme. Yo quiero enamorarme -decía-. Dejarme arrastrar por la pasión. ¡Vamos, permitidme que lo haga!>>. Pero era incapaz.

Permiso. ¿A quién se le ocurre que hubiera que solicitar permiso para enamorarse uno? ¿A quién quería engañar con ese argumento tan poco creíble? A S. O’Toño desde luego que no. Él ya me dijo todo lo que sabía desde el primer momento y eso era que el amor era algo inevitable.

El lunes presentí con meridiana claridad que juntos conseguiríamos ser felices porque los dos nos lo habíamos propuesto. No siempre, claro, porque la felicidad es un estado libre y pasajero pero sí siempre que la felicidad nos ocurriese y para eso era esencial vivir, constantemente, como extranjeros, en el instante presente. Nada de desear, por tanto, agujeros negros, ni moradas, ni asomarse aunque sea de puntillas a más distantes horizontes de sucesos.

Él en algún momento me arrastró hasta el espejo. Me colocó delante de él a pesar de que a mí me aterrorizan pero creo que eso jamás se lo he contado. Yo con el cuerpo doblado, agachaba mi cabeza y la apoyaba contra la luna para no verme; al tiempo que mis manos se aferraban al pequeño lavabo que había allí. Pero entonces Guernika abrió el grifo del agua y empezó a mojar mis pechos con avidez. La sensación fue de asombro, extraña, inquietante, nueva y muy gratificante. Me arrebató, y cuando él agua dejó de fluir yo misma volví a accionar el grifo para que él no dejase de mojarme. Pronto todo mi cuerpo se había empapado y todo él se resbalaba ardiente por mí. Algo como aquello que yo sentía debían de sentir los peces cuando amaban.

– Me gusta. Me gusta. Me gusta. Cada día me gusta más lo que me haces.

Repito que él reía, sonreía, estaba amoroso, desconocido… Entonces le perdí el temor al espejo y yo también disfruté de mirarnos. Era excitante, terriblemente, y de su sexo se disparó una primera gota que él me ofreció con el dedo y que yo paladee golosa como si tratara de ambrosia y fuese a concedernos la inmortalidad. No pudo contenerse más. Habían sido quince minutos de una intensidad apabullante y yo no tenía demasiado tiempo para irme de allí antes de que Teresita regresara.

– Vas a acabar conmigo -le dije.

– ¿Yo contigo? ¡Qué cosas dices!. No me hagas reír – me dijo él aún risueño por no decirme: <<Anda, embustera, no me mientas>>.

Pero no lo entendía. No lo había entendido. No estaba entendiendo nada. Fue ahí dónde estuve tentada de confesarle que le amaba, que le amaba mucho, tantísimo, tan locamente, que ya ni siquiera importaba seguir ocultándole que me había enamorado de él.

– Si, vas a acabar conmigo aunque no lo creas – seguía agachada al lado del inodoro mientras él se desprendía de todo rastro de semen con ayuda del papel higiénico, antes de lavarse.

¿Porque cómo te explico yo, amor mío, -pensé- que lo que siento por ti, ahora mismo, es tan intenso, que creo que la próxima vez que nos enfrentemos y comience el sufrimiento la única alternativa posible que me quedará esta vez será la muerte?

Antes de que se vistiera reparé en la cruz que colgaba de su cuello. La tomé entre mis dedos y le pregunté:

– ¿Eres cristiano?

– Sí, ¿lo dices por la cruz?

– Sí.

Pero ya era tarde; yo le había regalado mi cruz a Santos porque no era uno de mis símbolos y por tanto no creía en ella y sólo esperaba que eso no tuviera consecuencias. ¿Podemos equivocarnos de persona verdaderamente al cometer un acto generoso?

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El Cristo de San Juan de la Cruz (1951) DALI

El Cristo de San Juan de la Cruz (1951) DALI

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