Y allá por el año M…

julio 4, 2008

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Es un día nefasto porque me ha venido la regla y yo todo lo veo negro cuando sucede eso pero hoy me alegro. Me es más cómodo decirme que la masa que crece en mi pecho izquierdo se debe a un proceso meramente hormonal. Estos días el dolor apenas me ha dejado dormir. Le he dado vueltas y más vueltas en la cabeza y lo he palpado con mis dedos; la cosa es  que ya no tiene el pequeño tamaño de hace meses pero es que hace meses él no estaba conmigo y por eso nadie se recreaba gozando en mis pechos con esa lujuria. Es una justificación, no es una queja. Me encanta cómo lo hace él… Es como si hubiera averiguado cómo deseaba yo exactamente que alguien lo hiciera. Y se lo dije:

– Como me conoces…

No sé si él entendió el por qué. Pero es probable que sí. A veces  he tenido la sensación de que me sabe entera. Aunque en realidad esa es la sensación que logró transmitirme desde el primer día y sin querer (es que no creo que lo hiciera a propósito): con él, no eran necesarios los mapas… sabría el cómo llegar, el cuándo, el dónde,… No tenía que descubrirle nada: ya me conocía. Me conoció descubierta… Insisto  porque no soy capaz a olvidar  como fue aquel primer instante en que nos vimos… y era julio del año ”1000” que se dice pronto.

Sin  embargo él dice que le gusto más ahora. Bueno, en aquel momento estaba mucho más delgada… No había dejado de fumar y andaba por la talla 36. Además de aquella me encontraba en el apogeo de lo de mis bultos. Pruebas y más pruebas, hasta que llegó la amenaza de bomba: me dieron cita para medicina nuclear; existía una sombra sospechosa en la ingle y yo no fui, no quise ir. Me negué a someterme a las evidencias y también estaba aquello de que la muerte no me importaba.  Digo más, la muerte era mi tierra prometida porque yo no sabía cuándo pero había perdido por completo las ganas de vivir. Las había extraviado, o me las habían desterrado o… yo que sé. Lo único que sabía era que todas las noches me acostaba al lado de alguien a quién detestaba con toda mi alma y que a veces, cuando yo menos lo quería, me sentía obligada a mantener relaciones sexuales con él, odiándole.

Pero un  buen día llegó Guernika a mi vida y  yo me olvidé de la muerte. Vivir, vivir, eso era lo extraordinario, lo único que me apetecía. Guernika sólo apareciendo me insufló el aliento de la Vida. Y desde entonces he querido vivir y morir a ratos; morir sólo cuándo el dolor y el sufrimiento eran insoportables.

Nunca olvidaré cuándo él me preguntó aquello:

– Dime, ¿estás enamorada de mí?

Fue la única vez que estuvimos sobre una cama. Me llevó a aquel apartamento frente al mar y yo  aún no era capaz de sentir nada… Cuando escuché su desaliento recuerdo que tenía su sexo en la boca y me encontraba tendida sobre sus piernas.

– Dime, ¿estás enamorada de mí?

Y dejé de lamerlo. Tampoco se trataba de que no lo estuviera pero no quería contarle una mentira. Me había confiado cosas que no era capaz de encajar por ningún lado, pero le quería; eso era lo único que sabía.

– No lo sé, profesor -dije encaramándome hasta la altura de sus ojos-. No lo sé pero sé que te quiero.

Y me pareció que se le venía el Mundo abajo. Si  yo no estaba enamorada de él… él estaba perdido.

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