De la casa de los silenciosos ramos de flores atados a la verja en homenaje por los muertos desaparecidos…

julio 5, 2008

Chrico
Chirico

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He tenido un recuerdo espontáneo mientras transcribía la ‘meditación del discernimiento’. Yo sólo la efectué aquella primera tarde y lo hice, como siempre, muy a mi manera, sin pensar siquiera en que iba a funcionar pero resultó…

Hoy, como a las siete de la mañana me ha sucedido un poco lo mismo. De repente me vi en el despacho de una mansión palaciega; una de esas casas construidas por los indianos que regresaban enriquecidos de las américas. Había estado esperando durante un buen rato tras las puertas abiertas de aquel despacho y haciendo que me entretenía en la lectura de los anuncios del tablón mientras las tres mujeres hablaban.


Yo era muy joven, tendría como unos 17 años y me sentía intimidada por todo. No por aquella chica rizosa con la que me quedé a solas cuando las puertas del despacho se cerraron, desde luego; ella sólo era una psicóloga y no mucho mayor que yo y aquel debía de ser su primer trabajo. Me intimidaba la casa.


La gran escalinata por la que había ascendido, la alfombra roja, el recuerdo del olor de humedad del aire dentro del interior, las maderas nobles, la caoba, la pesadez de aquel despacho. Lo que más, la pesadez de las paredes de aquel despacho, de los pesados cortinajes. Era como si… Déjalo estar me dije… pero yo me preguntaba si la casa habría servido de cuartel al ejercito franquista durante la guerra civil. Y allí habrían torturado y ejecutado a hombres, como lo habían hecho en aquella otra que conocía y dónde todos los primero de mayo aparecían silenciosos ramos de flores atados a la verja en homenaje por los muertos desaparecidos. Aunque no estoy muy segura de que esa sea la fecha correcta; quizás sea mejor apuntar aquí la del día de todos los santos … ¿Cuándo es?, ¿el 1 de noviembre?

Pero el caso es que se decía que en aquella propiedad, que antes de ser requisada y convertida en finca de los horrores había pertenecido a un diputado liberal de la época y se extendía hasta las marismas del pantano, se paseaban por los pasillos como almas en pena los espíritus sin paz de los condenados a muerte por la guerra. Y el silencio de aquellos ramos de flores pesaba igual que el silencio de esas paredes…

¿A quién se le habría ocurrido la fantástica idea de plantar el centro de Planificación familiar en un ambiente tan pesado, tan lúgubre? De aquella era toda una novedad para el pueblo; un servicio de reciente creación a la disposición del ciudadano… pero que me estaba diciendo aquella mujer. Eso iba a ser imposible…

Cuándo ella me preguntó si estaba dispuesta a escribirlo todo, a hacer un ejercicio de memoria y detallar organizadamente, paso por paso, todo lo que yo le estaba relatando allí, aquel día, pero por escrito… le dije que me sentía incapaz.

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