El lado oscuro del corazón

Crucé la carretera que lleva al parque sin mirar hacia ninguna parte. Tenía la sensación de que me estarían observando y el orgullo a veces sigue tirando de mí. Emprendí la subida atravesando el prado y sin saber muy bien que posición iba a tomar. Entonces les vi. Estaban ellos dos solos. Pésimo y su hermano sentados en la terraza de la cafetería. Pésimo de espaldas a los bancos del parque y su hermano con la vista fija en mí. No había rastros de las niñas por ninguna parte. Sentí alivio. Últimamente me apetecen poco o nada las comedias y aún menos con la gente que forma parte de mi pasado. De ese pasado en concreto. Fue un alivio poder abandonar esa postura de amabilidad con ellos. Caminé tan tiesa que me parecía sentir un tenedor vertebrando mi espalda. El hermano de Pésimo no apartaba sus ojos de mí. Esa mirada diabólica que parece ser parte del armamento de la herencia paterna. Una mirada estudiada que es pura genética. Y el orgullo tiró el doble. Más altiva, más erguida, mucho más segura de mí. Cuando estaba llegando a ellos, ese individuo despreciable apartó por un instante sus ojos. Bajó la mirada. La señal segura de la claudicación. Siempre tiene que haber un dominante y un vencido en el terreno de la guerra. Pero esto sólo era una escaramuza. Durante todo este tiempo he estado pensando pedirle a Nora que hiciera esa llamada por mí y que se citara ella con ese tipo cualquier tarde. La finalidad la misma. Recobrar lo que era mío. Pero hubiera sido cobardía. Como si yo tuviera algo por lo que sentirme arrepentida. Así no voy a dejar lugar a dudas. Llegué a su altura. Dándole la espalda a Pésimo. Señale la bolsa con la mano. ¿Esto es lo mío? -dije. El hermano de Pésimo asintió. Agarré la bolsa del asa y me di media vuelta con el mismo ímpetu que me había acompañado. Sin pronunciar una sola palabra más.
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Me senté en el banco de siempre. Hice una llamada perdida. A Coga. Habíamos quedado en otra parte media hora más tarde. Pero yo tenía prisa por irme. Encendí un cigarrillo. Coga no me llamaba. Apagué la colilla. Volví a intentarlo. Esperé que me lo cogiera. Pero Coga no daba señales de vida. A los cinco minutos lo logré. Me dijo que estaba en el baño y que por eso no había escuchado el teléfono. Quedamos a los diez minutos al otro lado de la calle. Me levanté y pasé de largo. Crucé por el paso. Llegué a la zapatería que está al lado del portal del trecho de carretera por el que Coga tendría que pasar a recogerme. Los observé a través del cristal del escaparate. Pésimo se había girado y miraba con insistencia y más que insistencia hacia mí. No sé que se esperaban pero tuve la sensación de que algo que no sucedió. ¿Acaso pensaban que iba a sentarme con ellos en esa terraza y a tomarme tranquilamente un café? ¿Acaso se esperaban algún tipo de explicación? Estuve tanto tiempo mirando hacia ese escaparate que los dueños de la tienda se asomaron y no se molestaron en ocultar que se estaban riendo de mí. Y es que hay cada gilipollas. ¿Qué pasa lechuzo? ¿Qué no comprendes la sutileza? El cristal del escaparate, tan reluciente, era perfecto para la observación.
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No conté una cosa acerca de Laura. Un viernes, el viernes previo a empezar ese curso… la vi. También llovía. Fue en el instante en que abandonaba el atechado y abría el paraguas. Ella venía con su padre caminando por fuera de los arcos. Todo chorreaba. Pero tuve la conciencia de que ella me había visto y se refugiaba bajo la techumbre de su paraguas para evitar saludarme. No la culpo. Yo hice lo mismo y fue lo que Pésimo vio. Ese gesto. Y esa fue la señal. Siempre hay una señal inequívoca en cualquier final. Esa que te deja fuera de todo, al margen por fin, o que te hace irte. La señal por la que te das cuenta de que has dejado siquiera de sentir. Nada. Todo. A ciegas… el lado oscuro del corazón
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Aunque esto no es del todo cierto. Por eso digo lo del lado oscuro del corazón. La primera vez que me descubrí evitando a Laura fue en Navidad. Ahí volví a las andadas. O lo supe. Supe que después de todo lo único que me había interesado de esa niña… había sido verdaderamente él. ¡Qué dura es la verdad! ¡Dios mío! No sé cuando se apagaron los colores. Tampoco llamo a esto oscuridad. O sí, precisamente sí. El Amor es extraño. Cegador. Y la Verdad puede ser a veces tan oscura... Muchas noches pienso que eso fui para el Hombre cruel.

Aquella ciega. La que podía adivinar de qué color eran las tapas de un cuaderno o cuando él se quitaba la camisa. Pero no aquella que sabe volar. Él no voló conmigo. Voló con otra. Mal que le pese. Con la que le convirtió en un hombre Enfermo. Me dijo muchas veces que ya no estaba bien cuando yo le conocí. Pero pese a ello… quise conocerte -dijo. Y eso también era el lado oscuro del corazón.

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