Es miércoles noche. Suena el teléfono. Es Lemprier. Hablamos durante media hora.

Le pregunto dónde le habría gustado haber estado esa tarde. Debajo de un tilo, dice. En mi jardín. Leyendo un libro que tú jamás leerías. Novecientas páginas acerca de la conquista de México por Hernán Cortés.

Ahora se toma ‘una cervecita’, así lo dice, en una terraza de Cambrils o de Salou. Nunca sé bien con él. No quiere que nadie sepa. Tampoco por qué me llama. No es algo físico. Es mental. Yo no soy su tipo. Le recuerdo demasiado a un caballo de labor. Pero si Fátima después de tantos meses de silencio vuelve a escribirme… es porque ella piensa que tal vez sí lo sea. Y yo… yo no pienso nada, me limito a constatar hechos que ni siquiera me importan. ¿O ta vez debería decir reportan? Sí, quizás sería más propio: ‘hechos o personas que no me reportan nada’. Y hablamos de asteroides, de la nube de Ort y de numeros, números que se acercan lejanamente al infinito y de números clausus. Y lo que no me provocan los amores, me lo sugieren los hidalgos… ‘Aquí en España tuvimos uno muy grande pero…’ , digo yo. ‘Hidalgo fue un personaje mitológico. Es lo único que sé’, me replica él, y cuando yo trato de saber algo más me es imposible por ese camino; pero no así por otros… y por ejemplo, un tal Dr Lehman, dice que Hidalgo representa a nuestros propios principios, a nuestra personalidad en el sentido de autoafirmación, nos lleva a actuar, a los propios desafíos y también dice un hidalgo afligido puede producir resentimientos en la casa que ocupa. Al parecer hay gente en este mundo que también se dedica a hacer astrología con los asteroides, como si todo no fuera ya bastante complejo sin buscar causas en lo superfluo… pero Baade,, su descubridor, bautizó así al asteroide 944 de la serie (1920HZ) en honor al libertador mexicano Miguel Hidalgo y Costilla, en agradecimiento al país por permitirle a los astrónomos alemanes la observación de un eclipse de sol en territorio nacional… Y sobre todo Lemprier y yo hablamos de emociones. Para él yo nunca he sido una persona emocional. Aunque Luis dice que lo soy, que soy adorable emocionalmente… y se pronuncia y baraja el concepto intensidad, y entonces yo tengo un recuerdo nítido… Hace muchos años, mi padre habla de un hombre que muere joven, de un cáncer de pulmón, Gómez. No sé más que su nombre y que era un compañero de trabajo suyo. Y dice: ‘Gómez fue la persona más intensa que yo conocí. Aspiraba el humo del tabaco como si se estuviera despidiendo de la vida en cada calada’. Había una admiración profunda hacia ese hombre y una sobredosis elevada de nostalgia parece que le navegaba entonces por las venas, porque sus ojos lo delataban, ojos perdidos, como de orate o visionario loco… ¿Más que yo?, recuerdo que me pregunté entonces con un deje amargo. ¿Cómo era posible entonces que él no lograra ver esa misma componente tan admirable en mí? Por desgracia y por aquel entonces, lo que más deseaba yo todavía era ganarme la estima de mi padre, mucho más que la mía propia y por eso fui incapaz de reconocer el sentimiento que le unía a aquel nombre… el sentimiento de la identidad. Mi padre se sentía profundamente idenficado con la triste figura del ectoplasma de Gómez. Hoy no sé. Hoy tal vez sería Capablanca o el fantasma intranquilo de Alekhine. Sólo que hoy a mí ya me importa un carajo con lo que se sienta identificado mi padre