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JAN SAUDEK

Algún día dije que te contaría mi historia de aparecidos pues bien… Yo tenía una amiga que se llamaba Candela. Fuimos juntas al Santo Domingo de Guzmán pero entonces ni siquiera nos relacionábamos; ella tenía aspecto de tonta y desde parvulitos, por un incidente que ocurrió con aquella monjita, la hermana Teresita, yo nunca más quise tener nada que ver con niñas que parecieran tontas… Pero eso fue hasta que conocí en cuarto a María Jesús y me junté a ella y años más tarde, con más de dieciséis me veo también con Candela. No sé dónde fue que nos encontramos y nos dijimos eso: ‘No, si te conozco del cole’, y empezamos a hablar y fue así como Candela y yo nos hicimos íntimas, a pesar de que ella seguía teniendo aspecto de tonta y a pesar de que entre las dos, ella siempre fue la más lista… Era una estudiante excelente y por lo que fuera se le presentó la oportunidad de cursar estudios de periodismo en Navarra, en una universidad del Opus (tenía una tía monja, creo recordar que era una jefaza de la organización) y se fue a vivir a Estella, desde dónde seguimos escribiéndonos. Y un día, yo, cuando tengo veinte años, y ahora si recuerdo con nitidez, voy con otra amiga por la calle y de frente me topo con el padre de Candela, y le saludo como siempre, por educación. Pero no espero, desde luego, que él se detenga conmigo a charlar porque… Bueno, luego explico esta parte pero me habla y me pregunta y yo le digo y él me dice y habríamos estado intercambiando información amablemente como unos cinco minutos. Quiero decir que fue una parada extraña para no haber hablado nunca con este hombre, a pesar de haberle visto muchas veces cuando visitaba a Candela en su casa. La madre de ella era cubana y muy religiosa, y creo que bastante más joven que su padre, pero ninguno de los dos eran jóvenes como lo eran mis padres; y cuando echamos a andar, yo recuerdo que me siento muy eufórica, eso también fue muy extraño, y le digo a Carmencita, la chica con la que iba y que había conocido ese mismo año en un curso de secretariado: ¡Oye pero qué raro esto! ¿Por qué raro?, me pregunta entonces ella a la que cómo es lógico todo le había parecido de lo más normal. Es raro porque el padre de Candela, según la madre, tiene una de esas enfermedades en las que uno vive en su propio mundo y no reconoce a nadie. Llevaba hasta una chapa de identificación, porque por olvidar se olvida hasta de si mismo y a dónde era que tenía que regresar. Y hasta dónde yo lo había vivido, así era… siempre iba hablando solo por la calle, enfundado en su traje marrón fuese verano o invierno y sí, respondía a tu saludo por educación, y cómo mucho se daba la vuelta y te preguntaba: ¿Y tú quién eres? Soy amiga de Candela. ¡Ah Candela! Candela, Candelita y entonces parecía que para él dejabas de existir y con las manos a la espalda, continuaba paseando y venga a decir y venga… mantenía grandes conversaciones consigo mismo… Pero aquella tarde me anonadó y no sólo por la charla sino por lo jovial que le vi y el buen aspecto que mostraba… Me alegré por el de corazón. Y pasan unos meses, dos o tres o cuatro, eso no lo recuerdo, y un día me encuentro con Candela por casualidad, frente a un hotel de la ciudad y ella va vestida de gala, y a pesar de que a mí no me hace ninguna gracia el imprevisto (ya soy otra y estoy abandonando a todas mis antiguas relaciones), nos besamos y le digo: ¡Ey chica! un día vi a tu padre estupendo y estuve hasta hablando de ti con él, un buen rato… Pero bueno, ¿tú qué haces aquí si ya me dijo que estabas trabajando en Madrid? ( habíamos dejado de escribirnos desde el septiembre anterior, cuando yo comencé a salir con Coga). Vine a una boda. Se casaban unos amigos míos pero eso que me has dicho de mi padre me parece una broma de muy mal gusto por tu parte. ¿Broma de mal gusto? No te entiendo Candela. Mi padre murió hace un año. En ese instante me quedé helada; vamos, que fue uno de esos momentos en los que se dice: ‘si me pinchan no sangro’. Pues yo si me pinchan seguro que no sangro. Aunque, aún así, insistí en el hecho porque no soy mentirosa y me molesta que alguien pueda acusarme de ello: ¡Candela, tía, te garantizo que te estoy diciendo la verdad! Muy seria se lo dije. Y fue en esta calle y a esta hora y además iba acompañada y … Y ella también muy seria, con su pamela, llevaba una pamela aquel día que le daba un aspecto igual de destartalado que siempre pero » muy inglés», me interrumpió y me dijo: Te aseguro que te confundes. Mi padre murió hace un año de un derrame cerebral y lo que me cuentas es imposible. Te habrás confundido de fechas. Fue por la calle. Y mi madre aún se encuentra afectadísima por ello; así que te ruego que si te la tropiezas no vayas a decirle nada de esto. Pero Candela… Pero nada, María. Olvídalo, por favor. Tiene que ser un error tuyo. Esta bien. No, no está bien. Prométemelo. Prométeme que no le dirás nada de esto a mi madre que ya sabemos cómo eres… De acuerdo, no le diré nada a tu madre. Contesté fría pero ya de otra manera. Esa fue la última vez que hablé con ella hasta… Y de veras que valoré la posibilidad de haber soñado el incidente… lo de que ella viviera en Madrid y yo conociera ese dato pudo haber sido una coincidencia pero había un testigo presencial… Carmencita, la chica que asistía a mi misma academia; en cuanto hablase con ella sabría que ella nunca vivió aquello conmigo pero la llame a casa y le pregunté que si podíamos vernos, le dije que era muy importante y me presenté en su casa… Quería ver por mi misma cuál era su reacción cuando le contase lo sucedido y por eso no le dije nada por el teléfono y cuando lo hice ella se quedó tan helada como me había quedado yo.

Desde entonces me pregunto a dónde van los muertos cuando tienen problemas de memoria.

Y claro, también con quién fue que hablé aquel día. Bueno, y también cómo explicaría esto un psicólogo. Porque en mi caso no son rumores. Ni un rumor de Comala.
P.S: ¡Ah! Y en la fecha no hay error posible puesto que Carmencita fue un periodo de tiempo y luego desapareció como había aparecido. De la misma forma que aparece y desaparece casi todo en mi vida.

Atención a las flechas: Lo que señalan o ilustran a la perfección es el fenómeno conocido como PAREIDOLIA