– LO OBSCENO –

enero 13, 2005

Lluvia Dorada

Elogio del horizonte

Fuera de ‘el elogio del horizonte’ no oyes nada. ‘¿Ves? Otra frontera y ya van unas cuantas’, le dije. En uno de sus correos me ha preguntado que si yo sé dónde está la frontera. Y entonces me río, y le digo que la risa es otra frontera. Pero creo que no me entiende… Tendría que haber leído ‘El libro de la risa y el olvido’ para entenderme. Y echamos a andar. Él va metiéndome la lengua en la boca y en la oreja ( yo odio que hagan eso) y va haciéndolo por esa especie de parque o jardín por el que descendemos y su mano se introduce por dentro del escote en busca del pezón. Le excita tocarme el pecho y retirar con rapidez su mano cuando nos cruzamos con alguien. A mí no. A mí eso se me queda bastante corto. Con la de emociones salvajes que he vivido yo en ese sentido. Follando en vestuarios, en salas de juntas, encima de la mesa del despacho del presidente del club de …., y eso no hace mucho, el día después de estar con Max por primera vez, un día antes de conocer en persona a Susana, el día en que Cristina… Y Guernika me ha masturbado en un pabellón abierto, en el servicio de caballeros, en un parque apoyados en un muro, con Elena, una compañera mía y alumna suya, paseando a unos metros de nosotros a su perro: ¡qué cabrona!, decía él. Yo no la vi. No me volví para mirarla, y bajo unas escaleras a cielo abierto, tras la puerta de S. y mientras él vigilaba al exterior y me hacía desnudarme con una mano, donde cualquiera podía sorprendernos y Pésimo me besó locamente en esa consulta que se espía por dos claraboyas y yo me atreví a meterle mano mientras pagaba en la caja de un supermercado en el que yo había entrado sólo siguiéndole. A mí, acostumbrada a tal sobrecarga de adrenalina, lo que tal vez podría excitarme es que entonces incrementara la audacia de sus caricias. Le dijera a ese o a esos con los que nos cruzamos :

‘Mira, lo que hago. Mira como la toco. Estamos haciendo algo prohibido y queremos que tú seas testigo de ello’.

Eso es perversión. Mirar a los ojos de un extraño y hacerlo cómplice de tu ‘delito’. Obscenidad. ¡Pero por Dios!, que juego de niños… Max y yo casi hemos follado en plena calle. ¡Pero qué digo casi! Yo me he agarrado a su pene y él no ha sido capaz de soltarse en 40 minutos que nos lleva atravesar esos escasos metros de acera, y yo me he puesto a comerle la polla frente a un bar de una zona de vinos. Y sé que él se ha masturbado pensando en ello. Me lo dijo. Pensando en eso y en lo que hicimos después en su casa.

nido

Quizás no fuera la primera vez que una mujer se baja las bragas y mea delante de él, o quizás sí… no sé, pero si es la primera que una mujer le dice: ‘arrodíllate’ y le hace masturbarla mientras abre el grifo para que el sonido del agua la ayude a desinhibirse y sus dedos, los de él, reciben una lluvia dorada. Descubriendo juntos sensaciones nuevas y muy placenteras.

No sé durante cuanto tiempo estoy meando, es casi un vicio, sus dedos resbalando mojados de mi orín por mi clítoris y cuando acabo, saco su mano de mi coño y le lamo los dedos hasta borrar cualquier rastro frente a sus ojos desorbitados y luego le beso con la lengua ácida y salada, y le digo que hay quién ha sobrevivido así, bebiendo su propio orín, aunque no sé si es cierto o una leyenda más como otras, y él me lo discute, me dice que eso nunca, que significa la muerte y le obligo a lavarme. Me siento en su bidé y le hago frotar mi coño con jabón y luego aclarármelo y secármelo suavemente con una toalla. Y es maravilloso.

Con él desconozco dónde se encuentra la frontera pero presiento que cruzaremos muchas, y creeremos que después no habrá otra y seguiremos cruzándolas, las inventaremos para cruzarlas, y siempre buscando esa sensación maravillosa de intimidad, de concierto, de plenitud, de goce mutuo. ya, dirás, ¿desde cuando mearle a un tío en las manos es la plenitud? Y sin embargo hay que vivirlo. Ese sien contra sién. Esa falta de recato. Ese decir entre gemidos, ‘Nunca había sentido deseos de hacer esto con nadie. No sé qué me está pasando contigo’.

Y hay besos cálidos, ternura a borbotones y deseo, sobre todo eso, deseo y penumbra, y no sólo en el baño, hay como una penumbra de velas en el interior, una especie de experiencia casi mística y no hay suficiente alcohol corriendo aún por el cuerpo como para echarle la culpa. Soy yo guiándole a través de mí. Arrástrándole turbia a dónde quiero llegar y él que me sigue.

Él que aunque piensa que no está preparado me sigue con esa confianza y esa entrega que en esos instantes hace que me sea inevitable el no amarle. No puedo no amarle y ¿cómo no voy a estar echándole de menos si es al único hombre que le he susurrado que quisiera tener una buena polla para joderle el culo? Y es lo que recuerdo, a mí sobre su espalda, caliente como una gata en celo, ya las habrás visto, van con las patas traseras dobladas y restregando el coño por el suelo o por el tejado, uno de zinc, y como yo le restriego a él por la oreja esas palabras.

LLUVIA DORADA

‘Danae y la lluvia dorada’, THEILIG