CIRCUNSTANCIAS

mayo 8, 2007

 

‘Mi corazón se siente purificado. Como si lo hubiesen lavado las aguas del río’

LI TAI PO

 

Quisiera que mis amantes me trataran como yo me trato, que me obligaran a elegir, que dejasen fuera las colillas de esto, y el infecto humo y la tarquicardia de la ansiedad… ya que ellos no fuman ¿por qué tendrían que soportarlo? Yo me obligo a hacerlo. No me llevo el tabaco a la habitación. Me digo: si tantas ganas de fumar tienes… te vienes aquí desnuda y soportas el frío hasta que te canses… ya te hablé de ese mecanismo mío de dejar que sean las sensaciones las que me allanen los pasillos o me lo corten todo en seco. Entonces eso no sucede, porque las ganas de fumar nunca pueden tanto como esa otra sensación de cálida placidez y pasan horas. Entonces escribo, o dicto o me dejo discurrir livianamente, dulcemente, entre los sintagmas y la muerte del Sexo. Definitivamente la muerte que más me gusta.

El escándalo del pétalo ocurre en el espacio de un suspiro. En el patio de las azucenas. Porque nada estaba tan despierto ni tan dormido. Yacía angustiado un rezumar. Unas cervezas con aquel, unas mistelas meses más tarde con otro, y sobre todo un vino en diciembre yo sola. La Vieja Habana. Allí nos acordamos de ti. Como si la candidez fuera algo negociable. Pero con Verona no tengo problemas para explicarle que lo único que le transmito es lo promiscuo del deseo. Yo no tengo la culpa de que la poesía de los Encuentros que me importaba se la hayan adjudicado otros. La poesía no la decide la cosa cuerpo. La decide la cosa alma. Y la mente en el placer es un baile entre esas dos cosas. Pero esto que sigue es antiguo, más antiguo, tenlo en cuenta. Para mí ya tienes en mis sentimientos la antigüedad de la Muralla China. El Emperador ha muerto. O se ha quedado traspuesto en ese milenario recorrido. Ahora he regresado sin ninguna pretensión a los enebros y a Li Tai Po, y he dejado atrás al hombre de las suelas de viento y el veneno de su coito. Y como mucho vuelvo a pensar en ese trocito de papel que se encontró en el bolsillo de Antonio Machado, en Collioure: ‘Estos días azules y este sol de la infancia’. Pero eso porque Patricia me sonríe esta mañana presentándose como una bendita casualidad. La segunda curiosa casualidad de la semana. Por fortuna a ti sé que no te debo ni las migajas de una disculpa y que allá donde estés… se te alegrará la cosa alma por mí. Te envío, ya sabes, besos salvajes como fresas salvajes, por todo tu cuerpo.

INGRID FRESAS