‘El rito es el ropaje del misterio’

 

 

de negro y transparente

Regresar sobre los mismos pasos, que despertaron al Miedo. Expresar la pena infinitiva y condicional de haberlo provocado. ‘Temer, me temían…’ Comprender cuan equivocado puede estar uno si se deja aconsejar por el pavor. Y lo triste que es sentir a una víctima y aún así, sin razón aparente, haberse convertido en su verdugo. Condolerse. ‘¡Pobre anciano!’ Pero no olvidar que la culpa no es tuya ni de uno, sino suya y de aquel, por desconfiar de ti, de otro como él, sin conocerlo; por sólo suponerle una condición maligna que no existía. Perseguir sólo el rastro ocasional de los limones y la vainilla. Y detenerse a contemplar los murales de esa calle descendente, en los que, como todos los inconscientes, nunca antes te habrás fijado. Dedicarle un tiempo a cada cosa, el necesario para reconocer que te hablaba, aunque tú no te hayas querido percatar de ello. ¿Cómo podrías llegar a la calidad de ser testigo lúcido de tus visiones… si hasta ahora no lo has sido de las realidades convincentes?

– Decían…

No. Eso es sólo asunto nuestro. Lo sabes tú y, por tanto, ahora lo sé yo. Esos Mensajes de los artistas urbanos están por todas partes. Cada cual que busque los suyos. Los peligros comunes están pintados, como avisos bellos, por las paredes de los paseos. Los poetas del arte los dibujan para los niños, con dedos casi torpes por la emoción de ser contemplados haciéndolo. Llegas, aunque con cierto retraso, a las escaleras de piedra. ¿Por qué motivo esas?

– Son más dulces de pisar.

Bien. Elige siempre lo que no te suponga un tropiezo. Estás fluyendo. Pero recuerda que el asombro, por tradición, se origina en los meandros.

‘Había pétalos por todas partes. Elegí la puerta lateral por la que entro siempre, a pesar de que la central estaba abierta. Una música muy bella, que no supe identificar, me recibió. Llegué para el beso y todos me vieron. Yo avancé por entre sus caras y en todas estaba escrita la misma pregunta: ¿quién era yo? No supe responderles. No me conocía. Me recogí en el pequeño banco de siempre. Y fue allí donde lo vi. No me pude resistir. Caminé hasta el pasillo central y lo recogí entre mis dedos. Estaba muy perfumado y era del color de la sangre’

‘La rosa era entre los griegos una flor blanca, pero cuando Adonis, protegido de Afrodita, es herido de muerte, la diosa corre hacia él, se pincha en una espina y la sangre tiñe las rosas que le estaban consagradas’

– Algo así sentí, que me corría la sangre por los dedos…

La rosa se ha convertido en un símbolo del amor y más aún del don del amor, del amor puro:

<<La rosa como flor de amor reemplaza al loto egipcio y al narciso griego; no son las rosas frívolas de Catulo… sino las rosas célticas, vivaces y altivas, no desprovistas de espinas y hechizadas por un dulce simbolismo: el del Román de la Rose, que Guillaume de Lorris y Jean de Meung describen como el misterioso tabernáculo del Jardín del amor de la caballería, rosa mística de las letanías de la Virgen, rosas de oro que los papas darán a las princesas meritorias y la inmensa flor simbólica que Beatriz muestra a su amante fiel al llegar al último círculo del Paraíso, rosa y rosetón a la vez’ (GHYN, 2, 41)

‘… Beatriz me atrajo…

En forma pues de cándida rosa

se me mostraba la milicia santa

que en su sangre Cristo hizo esposa,

pero la otra, que volando ve y canta

la gloria de aquel que la enamora

y la bondad que la hizo tan grande,

como enjambre de abejas que ora entra en la flor

y ora retorna

adonde su labor toma el sabor,

a la gran flor, descendía, que se adorna

con tantas hojas, y allí volvía a subir

adonde su amor siempre mora

Las caras todas tenían de llama viva

y las alas de oro, y lo otro tan blanco,

que ninguna nieve a aquel término llega.

Cuando descencían a la flor, de banco en banco,

vertían paz y ardor…’

 

(Paraíso, xxx) – DANTE –

 

el pétalo de la m�stica

Deja los bancos atrás. Aíslate de las miradas y no sueltes el pétalo aunque te duela la herida. Regresa a casa, a santiguarlo tu misma. Pisaste arroz y silencios que eran como gritos.

– Eso hacía. Pero le vi venir frente a mí. No hacía tanto frío pero le veía venir vestido con una prenda de invierno cerrado, del mismo color de mi pétalo. Algo estalló en su cara en la distancia. Crucé la calle peatonal para cambiar de acera. Si no lo hacía irremediablemente nos cruzaríamos y yo quería robarle esa oportunidad y algo más. Eché a correr porque el semáforo iba a dar paso a la circulación del tráfico. Me pareció oírle silbarme una canción, a pesar de tu voz. Pero le vi con otros ojos, porque los míos iban entrecerrados sobre el pétalo. Tú dijiste, entonces, esa oración profana en mis oídos, la irrepetible pero yo la repetí contigo y con el pensamiento. Y sí, sentí que lo había conseguido. Fue la magia. Había logrado irme con un gajo de su corazón. Un gajo como un suspiro, así lo sentí. El cielo en pocos segundos se cerró en trombas de agua y la lluvia de un pequeño diluvio mojó las cabezas del resto de los transeúntes. Yo abrí mi paraguas pero aún así llegué, benditamente, chorreando y empapada hasta la cintura. Guardé el pétalo en la cajita de cristal con los otros cristales. Ahora lo miro desde aquí y lo observo seco. ¿Es cuando lo tengo que teñir de azul?

Una rosa azul sería el símbolo de lo imposible. No, busca alcohol, el frasquito con los restos del aceite esencial de fragancias del desierto, coge el cuarzo que hubiera pertenecido a tu hermano, sino le hubieras regalado el tuyo a tu madre, para que se lo regalase, a su vez, a él, y macera el pétalo en esa mezcla. Si te fijas, ya adquirido un tono muy azulado. El peso de tu cuarzo pesará en su corazón como el peso de todas las angustias que sufriste por él y de las que ya te has aliviado. Leve pero peso.

La próxima vez que repitas el ritual. No necesariamente en sábado… no olvides llevar ese frasquito contigo.

– Todo huele a campo ahora.

Es lógico, un jardinero corta el cesped de tu jardín, ahora. Lo que pasa que tú no lo escuchas porque estás hablando con Dios

– ¿Oír música es hablar con Dios?

Para ti, que sólo crees en la vibración del universo, sí.

 

solo es hombre

“Quede bien entendido que el hombre sólo juega en cuanto es plenamente tal, y sólo es hombre completo cuando juega”