‘He pensado mucho / en los ritos más pálidos del hombre / ese llamar a puertas evasivas / buscando soluciones al infierno…/’

García Terres

 

limo en la cresta

Digamos que Stanislaw O’Toño me dice que no se irá a su ciudad. Yo se lo preguntaba porque aprovechando que él siempre se va a esa hora… quería que me acercase hasta mi casa… Cuestión de ahorrarse cansinos paseos. Digamos que la excusa que me dio no la entendí: mis padres no están (viven arriba). Digamos que aunque yo ya había comido, y suculentamente, su menú… me quedé a hacerle compañía, por la conversación…. Digamos que le sorprendí acercándole a cosas que él no conocía de mí, y quizás hasta a alguna suya que sí comprendo demasiado bien… Digamos que suele ocurrir que mis parcelas privadas las considero Privadas… Digamos que ayer surgió, y que él dijo: ¿cómo puede ser? Ya son muchos años de tratarte y no saberlo… Como lo del masaje. Me apeteció. Expulsar Amor. A él le gustó eso. Y a mi su jazz. Aunque luego le pedí música clásica, y que hiciese bajar la luz…

Gymnopedie No. 1 (una versión muy especial)

Sonó mi Satie en la penumbra de su bodega, donde alguna vez tuvimos sexo o fingimos amarnos y hacernos el amor… y conversamos de gymnopedias espartanas y muchachos desnudos, de senos griegos al aire y falos de terracota; y de vestales… no sé aún por qué o digamos que sí lo sé… Digamos que él tiene ternura, a raudales, sí. Digamos que yo lo que acariciaba era su ternura. De pie, tras él, hasta sus pechos, después de desabrocharle más de un botón y de dos… Digamos que el tiempo voló, y que había que renunciar a ese momento. Digamos que él dijo: Lo mejor, el lugar en el que apoyabas mi cabeza. Digamos que entonces abrazó mi cuerpo, mientras yo aún continuaba de pie, y él en el asiento del castaño. Digamos que esta vez lo que se apoyó en mis pechos fue su frente y que nos quedamos así durante lo que me pareció un largo instante solaz. Conmigo rodeando con mis brazos su cabeza y él como si fuera un niño aún de teta, y que yo dije: ‘Al comienzo de la vida Todos estuvimos ahí’. En el reposo-refugio del, como dijo aquel, »uterino» calor materno. Digamos que el teléfono de la cabina llamó insistentemente durante esas largas 2 horas… dos o tres veces. Digamos que ninguno dijo nada. Ni yo: por qué no lo coges… ni él, quién será… Digamos que fue bonito hasta eso: estar de acuerdo, en las no-preguntas, en las no-respuestas… Digamos que no sería el único abrazo que quisiera dar así… Aunque a él no tenga ya necesidad alguna de repetírselo. Pero hay hombres… hubo hombres… que… me gustaría tanto reconciliarme con ellos; como siento que logré hacerlo con Stanislaw. Me fui cuando escuché pronunciarse a Beethoven: la Pastoral